No siempre es bueno profundizar en las cosas. Si se piensa que, por ejemplo, la boca, tan directamente abierta al exterior, es una verdadera reserva de microbios (es cavidad natural que más especies alberga; nada menos que noventa) y que la acumulación de desperdicios de alimentos entre los dientes favorece su desarrollo, se teme inmediatamente que la boca sea el origen de numerosisimos males. Afortunadamente, la naturaleza sabe muy bien cómo hacer las cosas y la saliva tiene un poder antisép tico que protege las encías y las mucosas. De este modo, cuando el medio está equilibrado, es decir, las vegetaciones y las amígdalas se hallan en buen estado y filtran los gérmenes, y cuando los dientes están sanos y son despojados regularmente del sarro, que es un peligro permanente de infección, los microbios resultan inofensivos.
Sin embargo, todo esto no descarta la necesidad de unos cuidados constantes para impedir la inflamación de la boca, que favorece las caries. Hay dos precauciones imprescindibles si se quiere conservar la boca en buen estado:
a) Provocar la producción de saliva masticando durante el día alguna sustancia que la estimule. Pero a pesar de lo que pueda parecer, lo menos recomendable es el chicle, pues, aparte de no ser nada elegante, a la larga provoca inflamaciones de estómago (gastritis). En cambio, es bueno masticar regaliz o malvavisco, que son menos irritantes, o limón, que en contra de lo que suele creerse, a pesar de su acidez, no es nocivo para los dientes.
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